En el campo

La puerta se cerró con el viento. Afuera, la niña quedó sola hamacándose en la mecedora de su padre, la más grande del porche. El perro daba vueltas a la casa y los grillos ofrecían un concierto. Era la noche más calurosa del verano.

En la cocina, a la luz de un farol de querosén, la madre terminaba de poner la mesa y, preocupada, se fijaba en el reloj. Los hombres de la casa habían ido al pueblo en busca de provisiones. Una vez por semana, padre e hijo tenían un viaje obligado; siempre necesitaban algo. Por lo general, no volvían mucho después de que anocheciera, pero esta vez algo los retrasó más de la cuenta.

Eran tiempos complicados para las familias de la zona. La sequía no daba tregua y los casos de robos aumentaban todos los meses. El campo ya no era un sitio seguro, no como hacía años. Las historias sobre ladrones estaban en boca de todos, cada cual tenía la suya o conocía la de un vecino. En los peores casos, estas historias incluían agresiones, gente maniatada y malheridos. La semana anterior habían asesinado a un trabajador.

—Hija, está la cena.

La pequeña no escuchó a su madre. Desde la silla estaba muy concentrada contando estrellas, aunque no lograba pasar de las cincuenta sin perderse. Al mismo tiempo, hacía dormir a su muñeca. El motor de la energía no estaba encendido aún, y la luna iluminaba poco. La mujer salió al fondo para quitar la ropa seca de la cuerda y también para entrar unas herramientas al galpón.

Cuando la niña estaba casi tan dormida como la muñeca, un estruendo llegó desde la cocina. Se bajó de la silla y corrió para ver. Su madre no estaba. Miró por la ventana y tampoco la encontró. Se dirigía nuevamente al porche cuando la asustó un ladrido.

—Eras tú…

Se volvió hacia la cocina porque le extrañó no hallar a su madre. Una sombra enorme apareció en a la ventana.

—¿Mamá? -preguntó la niña mientras otra sombra, mucho más alta y ancha que la primera, asomaba del otro lado del vidrio.

La puerta se abrió de golpe y dos voces dijeron al mismo tiempo:

—Mira lo que te trajimos del pueblo.

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