Puños de la tierra

Jo Sardi tenía diecinueve años y dos pasiones: el boxeo y el jardín de su casa. El jardín era el único recuerdo que el muchacho tenía de su madre, fallecida diez años atrás. Jo era hijo único y vivía con su padre, Jacques, un ex boxeador que se dedicaba a entrenar a jóvenes cuya ambición era ganarse la vida arriba de un cuadrilátero. (Los puños podían sacarlo a uno de la calle).

Las bolsas de arena y los pantalones cortos abundaban en la familia Sardi, y el joven Jo mamó esto desde niño. A los trece años entrenaba dos horas por día, menos los sábados y domingos. Tenía las condiciones necesarias (fuerza y peso) para ser una revelación en los suburbios parisinos.

Cuando empezó la guerra, se alistó en el ejército y dejó de boxear en los gimnasios. Él era el encargado de organizar las peleas y las apuestas en el lugar donde le tocase estar. Entrenaba a algunos de sus compañeros, pero, sobre todo, se preparaba él. Hizo un buen dinero y de paso mantuvo el físico. No perdió una sola pelea.

Su experiencia en la guerra no fue traumática: como tenía un manejo pésimo de las armas, siempre estaba lejos de las trincheras y de los soldados enemigos. Se comentaba que fingía esa torpeza para poder estar más tranquilo y dedicarse sólo al deporte. La realidad decía que los capitanes y oficiales le apostaban a Jo, y movían cielo y tierra para que éste gozara de buena salud.

Terminada la guerra, volvió a su casa, al jardín, y al gimnasio del padre, que durante esos cuatro años se había vuelto lugar de reunión para algunos empresarios que veían futuro en el boxeo y deseaban invertir en él.

El negocio de Jacques Sardi hacía agua por todos lados, por más voluntad que pusiera; tenía deudas acumuladas y los ingresos escaseaban. Apenas se mantenía el local. Para solucionar la situación, Jacques apostó por un plan arriesgado. Con el dinero de los inversores tapó los agujeros, y los empresarios, que eran tan negociantes como mafiosos, descifraron la maniobra enseguida.

La tarde caía despacio en el jardín. Jo estaba concentrado en su trabajo cuando oyó un estruendo fortísimo en el frente de la casa. Dejó las plantas que estaba enterrando junto a la caja de herramientas y corrió hacia la puerta. Cuando llegó al zaguán se encontró con su padre en la vereda y un coche que daba vuelta a la esquina. Con las manos llenas de tierra, presionó el pecho ensangrentado de su padre. Lloró como nunca.
Aquel día, Jo abandonó el jardín y se dedicó sólo a los golpes.

One thought on “Puños de la tierra

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s