Las señoras del pescado

Susana sabe lo que tiene que hacer. No pierde un segundo en sacar la primera merluza del cajón. Desde las nueve y media de la mañana, cuatro mujeres remueven escamas, cortan cabezas y quitan esquelones. Se ganan la vida, de lunes a sábado, limpiando los pescados que llegan a la caleta El Membrillo.

Tienen los anillos ensangrentados. Trabajan en silencio, muy concentradas, casi sin detenerse. Y cuando llega un cliente:

-¿Pa’ qué es lo que es?
-Pa’ frito.
-Ya…

La venta ha comenzado en el puerto artesanal más antiguo de Valparaíso. Unas sesenta personas forman rondas alrededor de los cajones y esperan a que les llegue su turno para llevarse algo de la escasa pesca del día. No ha sido un buen sábado.

A un costado, en la galería del edificio principal, se ubican las mesas de metal de las señoras del pescado. Trabajan allí desde hace mucho tiempo. Cecilia, de 44 años, es la más nueva; llegó al puerto hace dos años. Es la que más conversa, la que más ríe, la que más tararea la cumbia de un CD que escuchan sin freno. Cecilia es la más veloz del grupo en la limpieza. También es la única que agarra el cuchillo con la mano izquierda. Si fueran un equipo de fútbol, Cecilia tendría el número 10 en la espalda. Domina la hoja de metal como ninguna de sus tres compañeras y no vacila en reconocerlo. Hace unos días tuvo que comprarse un cuchillo nuevo porque había dejado la hoja anterior “finita, finita”. Todas concuerdan. Incluso Susana, la “abuela” del grupo, una anciana de 74 años que dice haber nacido entre los botes. Las arrugas de esta mujer parecen los surcos que el viento porteño ha dejado en su rostro. Pese a la edad, trabaja a la par de sus compañeras, que vienen a ser discípulas suyas.

Los cuchillos son una herramienta importante para limpiar pescado, pero los dedos lo son aún más. Hay que agarrar el animal, girarlo, sacarle las tripas… Eso no se hace con cuchillo. Cecilia, Susana, Verónica y Rosa tocan en un día más pescados que la mayoría de los pescadores. El viernes fue una jornada intensa: limpiaron 80 docenas, 960 pescados. Un promedio de 240 cada una. En ocho horas de trabajo, equivale a un pescado cada dos minutos. Pudieron sentarse a fumar un cigarro media hora antes del atardecer.

El olor se va “con agua y jabón”, dice la sobrina de Susana, que también conoce la vida de puerto desde pequeña. Verónica, de 59 años, está más que acostumbrada al hedor. “Si no, con vinagre; pero con agua y jabón se va”, reafirma despreocupada luego de meter su pulgar en una merluza. Minutos después Cecilia relata, entre risas, que en el bus de vuelta a casa no faltan los que se tapan la nariz. Verónica no tiene ese problema porque vive con su tía en el Cerro Playa Ancha, el más grande de la ciudad, ubicado enfrente al puerto. Su calle se ve desde la mesa donde trabajan. Es la que está adornada con banderines de colores por la fiesta que se aproxima: San Pedro. Verónica y Susana bajan de su casa a pie. Verónica sube caminando, Susana se toma un bus para evitar el esfuerzo del repecho.

A los cinco años, la señora Verónica -así se llaman entre ellas- ya pescaba. Según cuenta, de guagua aprendió a encarnar. Y lo hace hasta el día de hoy, parte de su tarea es encarnar para los pescadores. Por eso tiene los bolsillos llenos de anzuelos.

Las mujeres de delantal blanco trabajan sin distraerse. Pero se divierten. “Tengo varios pololos”, bromea la abuela y señala al primer pescador que se le cruza. Se ríe fuerte y una tos repentina le corta la carcajada. Tiene el pecho cerrado. De cualquier manera, hoy no siente frío. Viste un gorro de lana lila, un abrigo celeste y un suéter de colores atado al cuello. Todas están bien abrigadas, con la cabeza cubierta o con varias prendas. Susana, además, tiene puesto un elemento que la diferencia: un protector de nailon amarillo sobre cada manga.

Las señoras del pescado conforman un equipo. Se valoran, cuidan unas de otras y se respetan. También son muy celosas de su trabajo. Y aunque no sean funcionarias de la caleta -no integran el sindicato-, están habilitadas para usar las instalaciones del puerto. Muchos de sus clientes son pescadores o comerciantes que trabajan con los pescadores. El restorán del puerto y otro que está cruzando la calle son algunos de los negocios que se valen de los servicios de las limpiadoras.

“También trabajamos para el enemigo”, reflexiona Cecilia en voz alta, un tanto resignada. Se refiere a que ofrecen parte de su trabajo a los pesqueros de arrastre. A esta caleta no sólo llega el pescado a través de su muelle. Todos los días se acercan camiones con pesca de los barcos industriales. El conflicto puerto artesanal-industrial está muy presente en El Membrillo, sobre todo entre los pescadores. Ellas no lo sufren tanto, porque necesitan que les llegue trabajo de alguna forma. Por limpiar una docena de pescados cobran 500 pesos chilenos (poco más de un dólar). Si limpian 80 docenas por día, cada una se llevará a casa 22 dólares. Esto sucede en un buen día.

Todas las señoras tienen hijos. Verónica es la única que está casada, pero las cuatro lo han estado: Susana es viuda dos veces, Rosa y Cecilia ya no están en pareja. La señora Rosa tiene 59 años y es la segunda en antigüedad dentro de la caleta después de “la abuela”. Habla de sus hijos con gran orgullo y cuenta que su niña de 24 años está terminando la secundaria para inscribirse en la Universidad. Lo relata con una mezcla de entusiasmo y emoción. En eso llega un nuevo cliente.

“Estos van con cabeza”, dice Cecilia, quien tomó el pedido. Pone un cajón de merluzas encima de la mesa. La abuela asiente y regala una lección de historia: “A la antigua”.

(Nota del autor: esta crónica fue escrita en 2011 para el proyecto multimedia cronicasdevalpo.org).

 

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