Mi escuela, mi familia

 

“¡Yo quiero ser la hija de Alejo!”, gritó una niña a toda voz. Otro niño se puso triste porque llegó tarde a la asignación de roles. “¿Puedo ser padre?”, preguntó resignado. Los 10 niños corretean, gritan y saltan en el pasto al comienzo del recreo en la escuela n.° 65 El Surco, que queda a unos 70 kilómetros de Young, en el departamento de Río Negro. Pese a la diferencia de edad, juegan todos juntos a ser una gran familia. La consigna se mantiene por algunos minutos hasta que los vínculos ficticios se disuelven espontáneamente porque una pelota embelesó a los cuatro varones y la mancha conquistó a las seis niñas.

Sobre las diez menos cuarto de la mañana llegaron a caballo los primeros tres alumnos: Dante, Damián y Alexis. Antes de desensillar saludaron con un beso a Gila Mary, la maestra de ascendencia polaca. Alejo observó en silencio el ritual que se repite día a día. Él no saluda a la docente cuando llega porque vive con ella. El niño de cuatro años, el único que viste túnica verde a cuadros y no usa moña, es el hijo de la maestra-directora de esta escuela rural .

Minutos antes de las diez, Gila reparte los últimos saludos de bienvenida a Tatiana, Agustina, Delfina, Estefany, Tamara y Victoria. Una vez en el salón, los estudiantes se quitan las camperas, los gorros, los guantes y las bufandas. Se sientan en los bancos, agrupados de a dos, formando un semicírculo y esperan a que la maestra les pregunte las novedades del día.

En la cocina suena una radio argentina. Virginia, la auxiliar de servicio, llegó a las 9:30 y está haciendo el chocolate que tomarán los niños como desayuno. También amasa pan y corta verduras para un guiso de arroz que será el almuerzo.

El Surco es una de las 1.130 escuelas rurales de Uruguay, y una de las 850 que trabajan en formato unidocente. Está ubicada a la altura del kilómetro 259 de la ruta 3. Para acceder a ella hay que recorrer unos 20 kilómetros por Camino de la Cuchilla, una senda vecinal de tierra y piedras, en dirección a Grecco, el pueblo más cercano.

Los alumnos que asisten a la escuela viven en estancias vecinas. Son hijos de trabajadores rurales y empleadas domésticas. El establecimiento más cercano donde viven algunos niños queda a 2 kilómetros.

El desafío del multigrado
Por las noches, luego de darle la cena a Alejo, Gila pasa la lista a través de una plataforma online con su laptop. También registra a mano en el libro diario cómo estuvo el tiempo y cuáles fueron los principales acontecimientos del día. Luego, es el momento de la planificación. Este punto resulta fundamental, ya que no es sencillo preparar una clase para niños de entre 4 y 12 años.

El Surco tiene un alumno en jardín, una en primero, una en segundo, tres en tercero, dos en cuarto y dos en quinto. “Trato de que el tema sea de interés para todos”, explica Gila, que tiene que formular ejercicios diferentes para cada nivel. Como los tiempos de aprendizaje son distintos, la maestra cuenta que “es realmente un desafío” encarar cada día.

Los más pequeños recortan y pegan, escriben y leen sus primeras palabras. Demandan una atención muy personalizada y hay que dedicarles mucho tiempo porque sus procesos son más lentos. Por su parte, los grandes se dispersan fácilmente y una solución es marcar un ritmo rápido de propuestas. Entre la cascola de unos, las redacciones y las divisiones de otros, la maestra se vale de dos pizarrones para guiar cada actividad.

Los niños no se confunden. Entienden a la perfección que la propuesta es grupal, que cada uno tiene su turno, y que hay momentos para poner en común y otros para trabajar individualmente.

La vida en el campo
El 27 de febrero de 2013, Gila entró a la escuela y se puso a llorar. Conocía el edificio por fuera y nunca imaginó encontrar lo que vio. Estaba sucio y deteriorado: el salón y la casa donde tenía que vivir sola con su hijo. Lo primero que pensó fue que no sería capaz de hacerse cargo del lugar, que la marca estaba demasiado elevada, pero con ayuda de la auxiliar y la motivación de su inspectora, no desistió.

Una amiga le había recomendado que se anotara en una escuela rural. Gila le hizo caso y poco a poco fue entendiendo y enamorándose del ritmo de vida en el campo. Pasó de ser una maestra urbana de cuatro horas a una de tiempo completo, más allá de que las clases terminen a las 15.

Cuando llueve mucho, algunos caminos quedan intransitables y muchos no pueden acceder a la escuela. Eso siempre es una mala noticia para los niños de El Surco. “Me pasa que se ponen mal porque no pueden venir”, cuenta Gila con una mezcla de orgullo y extrañeza. La maestra estaba acostumbrada al medio urbano, donde trabajó durante seis años. Este es su primer año en campaña y desde el primer día notó una gran diferencia. Dice que aprendió a disfrutar de la naturaleza, a valorar un atardecer o ver el trabajo con el ganado.

Una comunidad educativa
El Surco no es una escuela cualquiera.  Como es común en los centros educativos rurales, allí se excede el trabajo formal y eso se respira en cada rincón del viejo edificio de 40 años.

Para hacerse una idea, todos los martes una alumna pasa la noche con la maestra y su hijo. Es el caso de Agustina, que como sus padres están en un programa de construcción de viviendas de MEVIR, se ven obligados a dejar a su hija en la escuela para cumplir las horas de trabajo.

La comunicación es una constante entre la maestra y las familias. Ya sea por mensaje de texto o por llamadas, siempre hay una excusa para estar en contacto. A veces el objetivo es coordinar el traslado de Gila y Alejo desde la ruta hasta la escuela, ya que suelen ir los fines de semana a Nuevo Berlín, el pueblo natal de la maestra.

“Estoy sola con Alejo, pero no estamos solos. Sé que ellos están”, relata Gila, que se siente protegida ante la presencia inquebrantable de sus vecinos. Esto también es visible en la comisión de fomento, que se encarga de pagarle a la auxiliar y tiene reuniones mensualmente.

Gila prefiere no hacer paros porque no les encuentra el sentido en su caso particular. Aunque reconoce que los recursos a veces no son los ideales, el compromiso de la maestra supera las necesidades de un sistema que no está libre de carencias.

“Me gusta lo que hago y cuando me vaya quiero que quede algo de mí en los niños o en las familias”. La maestra cuenta que la experiencia valió la pena por la escuela y por la familia que se generó a su alrededor. “Siento que quiero seguir, me gustaría volver el año que viene”, dice Gila, y cruza los dedos para poder renovar su contrato el año que viene.

La versión original de esta historia fue publicada en el diario El Observador.

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